Servicio y amistad
La mañana era radiante.
Cuando descendíamos del bus, hicimos lo de siempre cuando ibamos al colegio… salimos corriendo para llegar pronto a la tienda.
Aunque veníamos bien desayunados, no nos faltaban las ganas de conseguir alguna chuchería que bien pudiéramos disfrutar, antes de ir a las clases.
En la Tienda , nos recibió un muchacho, decimos ahora para nosotros, era casi un señor, bueno, siempre fué un señor, que con su sonrisa, enmarcada por unos bigotes finos, indagó por nuestros deseos.
Unas barras de menta, largas,finas, envueltas en un papel cristal, a veces rojo o azul, fué el objeto de nuestra compra a Jaime, nuestro siempre amable dependiente
Valga la pena decir que ésta escena se repitió muchísimas veces en aquel 1.953. año en que cursábamos, tal vez, el tercero o cuarto de elemental.
Como suele ocurrir, las horas se pasaban y entonces volvíamos a la Tienda a la media mañana, al almuerzo y a la media tarde… siempre queríamos algo de comer, y lo hacíamos.
Así se fuéron los meses, un año tras otro y de pronto, nos encontramos que éramos los mayores del Colegio.
Al finalizar ese año, seríamos bachilleres del Instituto Jorge Robledo, pero nuestras rutinas, ahora en 1.962 o 1.963, eran las mismas, queríamos ir a la Tienda , encontrarnos con Jaime, a quien ya no veíamos tan distante, tal vez habíamos crecido con él o sería él con nosotros, nos conocía,, era un amigo.
Siempre amable, dispuesto, con sutíles y profundas palabras, nos hacía reflexionar sobre los comportamientos que debíamos observar: no gritar, hacer adecuadamente la fila, ser explícitos en las solicitudes, no incomodar al compañero, solicitar con respeto y agradecer la atención con amabilidad, eran algunas de sus enseñanzas.
Y cuando llegó la hora, luego del discurso de Luis Mariano Sanín Echeverri, nos encontramos en la ceremonia de graduación de Bachilleres… de ahora en adelante seríamos Robledistas de carácter, así nos habían formado…
Regresamos, creo que nunca nos habíamos ido, pero volvimos una y otra vez a esos claustros donde tantas cosas bellas aprendimos… ya no había Tienda, ahora se encontraba, en su lugar, una cómoda y aireada cafetería…
A Jaime lo volvimos a encontrar, ya no en la Tienda , ahora prestaba sus servicios en asuntos administrativos que demandaba la gestión institucional… Y, ¡oh sorpresa!, Jaime apuntaba esos hilos de plata que ahora lo hacían ver más como todo un señor. El siempre fué un señor, un papá, un maestro del buén proceder, de los buenos modales, de la rectitud, lo que ahora llaman una persona íntegra y que en los discursos califican como un hombre probo.
Pués sí, así vimos a Jaime en el 2.004 y ahora en el 2.006, un paradigma de servicio de dignidad y de rectitud, que se plantó en el Instituto Jorge Robledo para que, aún sin proponérselo, se convirtiéra en un digno ejemplo de integridad de persona, que no cambió por fuertes que fuéran los vientos, que no sucumbió a las humanas y vanas tentaciones que diéron al traste con tantas gentes.
Jaime supo, desde el primer momento, que en el Instituto Jorge Robledo, subimos las cuestas dichosas del ser y el saber, y ahora, él está ahí, aprendió la lección.
Gracias Jaime por haberte constituido en un ejemplo viviente de idoneidad, honestidad, pulcritud, lealtad, servicio y amistad.
Manuel Ortega Velásquez